El profesor
Alexander Zubar se levantó lentamente de su viejo sillón tapizado en cuero.
Apuraba su pipa de tabaco autóctono mientras contemplaba las volutas de humo
desvanecerse en el aire cargado de su estudio. A sus setenta y cinco años,
había pocas cosas que consiguieran turbar su ánimo. Sin embargo, eran muchas
las cuestiones que le atormentaban desde hacía tanto tiempo que ya casi no
recordaba desde cuando era así. Durante años había conseguido mantener
enterrados sus terribles secretos en un oscuro rincón de la mente, pero ya
estaba decidido a dejarlos salir al exterior.
Al menos, algunos de ellos. Sus ojos de un profundo azul celeste denotaban un cansancio más allá de la mera fatiga física, puesto que habían sido testigos de cosas que nadie debería contemplar. Antaño alto y esbelto, ahora observaba su reflejo translúcido como un fantasma en el ventanal y veía a un viejo encorvado y huesudo, con lo que quedaba de su cabellera plateada peinada hacia atrás y dejando más piel sonrosada al descubierto a cada día que pasaba. Su nariz recta y delgada, acompañada por unos labios demasiado finos y jalonados de arrugas de expresión, sugería una personalidad melancólica y minuciosa. La testuz de un ciervo disecado, que parecía contemplarlo con aire indiferente, era su única compañía en la estancia. Sobre la chimenea —puramente ornamental, puesto que el clima cálido de Fort Lauderdale hacía innecesaria la calefacción la mayor parte del año— se podía ver portarretratos plateados con fotos familiares. Fotos que le transportaban a tiempos mejores, en compañía de su hijita Stephany, que ya era toda una mujer, y su querida esposa Maude. Querida y difunta, por desgracia. Un linfoma incurable se la había llevado hacía ya lo que parecía una eternidad, en la primavera de mil novecientos ochenta y nueve. Ahora era él quien estaba enfermo de cáncer y pronto se reuniría con ella en la otra vida.
Al menos, algunos de ellos. Sus ojos de un profundo azul celeste denotaban un cansancio más allá de la mera fatiga física, puesto que habían sido testigos de cosas que nadie debería contemplar. Antaño alto y esbelto, ahora observaba su reflejo translúcido como un fantasma en el ventanal y veía a un viejo encorvado y huesudo, con lo que quedaba de su cabellera plateada peinada hacia atrás y dejando más piel sonrosada al descubierto a cada día que pasaba. Su nariz recta y delgada, acompañada por unos labios demasiado finos y jalonados de arrugas de expresión, sugería una personalidad melancólica y minuciosa. La testuz de un ciervo disecado, que parecía contemplarlo con aire indiferente, era su única compañía en la estancia. Sobre la chimenea —puramente ornamental, puesto que el clima cálido de Fort Lauderdale hacía innecesaria la calefacción la mayor parte del año— se podía ver portarretratos plateados con fotos familiares. Fotos que le transportaban a tiempos mejores, en compañía de su hijita Stephany, que ya era toda una mujer, y su querida esposa Maude. Querida y difunta, por desgracia. Un linfoma incurable se la había llevado hacía ya lo que parecía una eternidad, en la primavera de mil novecientos ochenta y nueve. Ahora era él quien estaba enfermo de cáncer y pronto se reuniría con ella en la otra vida.
La otra vida. Era inútil tratar de recurrir
al autoengaño, había abandonado la fe en su adolescencia para abrazar a la
ciencia con toda su devoción. Intentaba creer, pero toda una vida dedicada al
estudio de la biología le había llevado por un camino demasiado divergente
respecto a sus enseñanzas religiosas infantiles. Ahora era ya demasiado tarde
para él. Tras informarse sobre las distintas alternativas, había decidido no
someterse a cirugía ni otro tipo de terapias agresivas. El cáncer estaba
avanzado y solo podía aspirar a poder vivir unos meses más a cambio de pasar
por un calvario de tratamientos fatigosos en salas de hospital de duración
equivalente. No quería hacerse eso a sí mismo pero especialmente quería
evitárselo a Stephany. Simplemente esperaría a que le llegase su hora con
cuidados paliativos en la tranquilidad de su hogar. Pero todavía tenía tiempo
de reparar parte del mal que había obrado, por acción u omisión, a lo largo de
su vida. Había mandado llamar a Stephany para que se reuniera con él en su
estudio esa misma tarde. Ella se encontraba inmersa en la realización de la
tesis doctoral que pondría colofón a su postgrado en psicología. Tras meditarlo
durante unos días, había decidido no demorar más el momento en que le revelaría
la verdad, ya que no podía saber con seguridad cuánto tiempo le quedaba.
Prefería irse de este mundo sin ese cargo de conciencia.
En ese momento, llamaron suavemente a la
puerta de roble. Una joven de unos treinta años, vestida con unos pantalones
vaqueros de pernera estrecha y un jersey burdeos con el logotipo bordado de la
Universidad de Yale entró en la estancia. Su larga cabellera cobriza le caía
lisa sobre los hombros como una cascada.
—¿Papá? —dijo una voz cantarina, precediendo
a una agradable mujer en sus mejores años. Unas botas de caña alta le otorgaban
unos centímetros más a su ya generosa estatura—. Lloyd me ha dicho que querías
verme. ¿De qué se trata?
Lloyd había sido el mayordomo de la familia
Zubar toda su vida, como anteriormente lo había sido su padre. Había
permanecido al lado de la familia tanto en los buenos como en los malos
momentos.
—Pasa
y siéntate, hija. ¿Cómo llevas tu tesis? ¿Tendremos pronto una nueva doctora en
la familia? —Alexander jugaba con la pipa entre las manos sin darse cuenta de
que aún estaba encendida.
—Sigo
recopilando datos, igual que la semana pasada. Todavía faltan dos meses más
antes de que pueda extraer mis conclusiones. Pero no me has llamado para hablar
de eso, ¿verdad?
Stephany tomó asiento frente al escritorio.
En sus labios carnosos se formó un mohín de preocupación.
—Tú tan lista como siempre —contestó el
profesor con resignación—. Veo que no me lo vas a poner nada fácil. .
Se arrebujó en su bata a cuadros marrones
mientras volvía a sentarse en su orejero.
—Steph, tú sabes que desde siempre has sido
lo más importante del mundo para mí y para… Maude. —La joven abrió la boca para decir algo—. No,
déjame seguir, por favor. No sabes lo difícil que esto es para mí. He estado
dándole vueltas últimamente y creo que es la hora de que te cuente la verdad.
Nosotros no somos… éramos… tus padres biológicos.
—¿Quieres
decir que me adoptasteis? —logró preguntar después de permanecer atónita unos
instantes que a ambos les parecieron eternos.
—Bueno, más o menos. La verdad es que es un
tema complejo. Tu padre, tu verdadero padre, era mi mejor amigo. Y él te
quería, Steph, de eso estoy seguro. Pero algo sucedió y tuvo que huir. Tu
verdadera madre estaba a punto de morir en el hospital y él tuvo que tomar la
decisión más difícil de su vida. Si lo atrapaban, lo encerrarían en la cárcel o
algo peor y a ti te entregarían a los servicios sociales. Orfanatos, familias
de acogida, era algo en lo que tu padre no quería ni pensar. Tú te merecías
algo mejor. Pero no podía llevarte con él, así que Maude y yo nos hicimos
cargo.
—Pero, ¿por qué tuvo que huir? ¿Hizo algo
malo? ¿Está vivo todavía? —las palabras fluían como un torrente.
—Te lo contaré todo, pero debes tener
paciencia. La verdad es que resulta un tanto complicado.
El doctor tomó una botella sin etiqueta que
tenía sobre el escritorio se sirvió una medida de bourbon con dos de agua en un
vaso ancho. Dio un sorbo y se le escapó un suspiro casi imperceptible antes de
continuar.
—Tu padre se llama Edmond Fletcher. Nos
conocimos a principios de los sesenta, cuando formábamos un grupo de
investigación en la universidad de Berkeley. Desde el primer momento hicimos
buenas migas. Él era diez años más joven que yo y en cierto modo veía en mí a
una especie de mentor. En seguida me di cuenta de que era un joven brillante y
prometedor. Era un biólogo de primera línea, comprometido con su trabajo. Por
aquel entonces estaba a punto de casarse con tu madre, Aurora Baker. Si los hubieras
visto…
La mirada del doctor Zubar se perdió en
algún punto detrás de su hija, como si estuviera reviviendo escenas de un
pasado que le parecía más vívido que el presente.
—Ella era becaria del departamento de
bioestadística cuando se conocieron —continuó—. Al poco tiempo, empezaron a
salir juntos. Maude y yo solíamos pasar muchas tardes de fin de semana en
compañía de los dos, saliendo a ver películas o a cenar. No parecían sentirse
incómodos con la diferencia de edad, porque lo pasábamos bien todos juntos y además,
teníamos intereses comunes. Cuando se casaron, parecía que nada podría
separarlos salvo la muerte. Y así resultó ser al final.
Se produjo una pausa durante la que Steph ni
siquiera parpadeó, absorta.
—Corría el año mil novecientos sesenta y
cinco —prosiguió el anciano—. Tu padre era el director de una investigación
financiada por una agencia del gobierno referente a la transferencia química de
memoria en especies animales. Este tema se puso de actualidad a partir de los
experimentos con planarias de James McConnell a principios de los sesenta,
habrás leído sobre ellos porque se utilizan habitualmente en los libros de
psicología para atraer la atención de los alumnos e introducirlos en temas más
rigurosos.
Era una historia bien conocida. McConnell
fue un biólogo y psicólogo que causó gran revuelo con sus experimentos con
gusanos planos en los que trató de demostrar que los comportamientos aprendidos
se pueden transferir de un ser a otro. Esto abriría las puertas a hipotéticos
estudios posteriores sobre «cápsulas de memoria» o «inyecciones de sabiduría». Posteriores
estudios paralelos no obtuvieron resultados satisfactorios.
—El grupo de tu padre contaba con estudiantes
becarios de distintas nacionalidades. A pesar de que el ambiente de trabajo era
bueno y los resultados obtenidos hasta el momento eran alentadores, el gobierno
cerró el grifo y todas las investigaciones en ese campo fueron canceladas. En
parte la culpa la tuvo el propio McConnell, un individuo excéntrico cuanto
menos, que era muy dado a aparecer en los medios de comunicación anunciando a
bombo y platillo las futuras maravillas que se derivarían del estudio de la
transferencia química de memoria. Durante años había entrenado platelmintos
para resolver un complejo laberinto elaborado por él. Eligió planarias, una
especie hermafrodita de gusanos planos que también se puede reproducir
vegetativamente por bipartición. Después, dividía a sus planarias entrenadas en
dos mitades iguales. Cuando se regeneraban dos individuos completos, cada uno
de ellos era capaz de resolver el laberinto, incluso más rápido que el sujeto
original. Luego fue más lejos y comenzó a descuartizar a las planarias,
dándoselas de comer a otros individuos de la misma especie que no habían
recibido entrenamiento alguno. Otras veces inyectaba un pudding de planarias
entrenadas en los nuevos sujetos. Al parecer, estos también eran capaces de
resolver el laberinto por sí solos. Estudios posteriores no fueron capaces de
reproducir los mismos resultados, pero McConnel siguió defendiendo sus teorías
en los medios y en una revista científica que editaba él mismo. Pero tuvo la
mala ocurrencia de incluir chistes y artículos humorísticos sobre «gusanos
corredores» en la misma publicación,
lo que hacía difícil distinguir lo que era real de lo que era puro entretenimiento
sin pretensionesl. Todos estos factores fueron los que desencadenaron en la
pérdida de interés por parte del gobierno.
»Para tu padre esto no hubiera sido más que
un leve contratiempo, un científico de su talla podría encontrar fácilmente
otro trabajo. Además, te tenía a ti. Habías venido al mundo solamente un año y
medio antes, a principios de abril. Te parecías tanto a tu madre que él se
pasaba horas contemplándote arrobado mientras dormías. Siempre decía que tú
eras lo mejor que le había pasado nunca.
A Stephany se le nublaron los ojos, pero
mantuvo la compostura.
—Todo parecía ir bien en el hogar de los
Fletcher —prosiguió—, si no fuera porque Edmond fue seleccionado como objeto de
estudio por el Departamento de Actividades Antiamericanas, brazo solapado del
McArthismo más abyecto. Se trataba de una subdivisión de la CIA que investigaba
supuestos casos de comunistas o espías del extranjero infiltrados en el sistema
a todos sus niveles. Sus pesquisas les habían llevado hasta uno de sus
ayudantes, Taro Yakamura, un joven biólogo japonés que contaba con un visado
especial de trabajo y que ya había abandonado el país por aquel entonces tras
cancelarse el proyecto de investigación. Según fuentes de la CIA, en realidad
se trataba de un agente norcoreano que había realizado sus estudios de biología
en Japón, pero que había estado enviando información a los servicios de
inteligencia de Corea del Norte todo el tiempo. Tu padre lo negó todo desde el
principio, llegando a enfrentarse a los agentes gubernamentales en términos
nada amistosos. Se negaba a creer que su colaborador predilecto fuera un espía
y se opuso tajantemente a colaborar con las autoridades. Hubo un forcejeo en el
recibidor de la casa y tu madre, que había salido a ver qué ocurría al escuchar
gritos, fue golpeada accidentalmente. Al ver a Aurora tendida en el suelo,
inconsciente, los agentes debieron sentirse culpables y se centraron en pedir
ayuda, aparcando temporalmente el asunto con tu padre. Ya en el hospital, los
médicos le dijeron a Ed que se temían lo peor. Tu madre padecía del corazón
desde la infancia. Se trataba de una malformación congénita, aunque por aquel entonces
no se conocía un tratamiento efectivo. La conmoción de ver a Desmond luchar con
los agentes y el golpe recibido le habían provocado un colapso y una grave
arritmia que le iba a causar la muerte irremisiblemente en cuestión de horas.
»Tu padre tuvo que tomar la decisión más
dura de su vida. Aprovechando que todavía no le habían sometido a una estrecha
vigilancia, en parte como deferencia hacia él por lo sucedido con su esposa, te
trajo aquí mismo en mitad de la noche para vernos a Maude y a mí. Nos contó lo
ocurrido y nos pidió que te cuidáramos como si fueras nuestra hija mientras él
pasaría a vivir como un fugitivo hasta que las cosas se aclarasen, si es que
eso era posible. No estaba dispuesto a ir a la cárcel y a que se hicieran cargo
de ti los servicios sociales para que pasaras tu infancia de un hogar de
acogida a otro como una moneda de diez centavos.
»Maude y yo habíamos intentado tener hijos
largamente sin éxito, y ya nos habíamos resignado hacía tiempo. Y lo cierto,
que Dios me perdone, es que me sentí dichoso por esa oportunidad que se nos
presentaba. Estábamos desolados por la inminente muerte de tu madre, pero la
posibilidad de tenerte a ti era demasiado hermosa. Por aquel entonces no habías
cumplido los dos años y podíamos criarte como nuestra. Ya habría tiempo de
contarte la verdad algún día, que se veía muy lejano entonces…
»Antes de irse, Edmond me susurró al oído
unas palabras que solo yo pude escuchar. Vimos a tu padre alejarse en su
Plymouth bajo la luz de la luna y durante años no volví a saber de él.
—¿Quieres decir que volvió? — exclamó la
joven. Los ojos parecían salírsele de las órbitas.
—En parte sí, pero espera un momento —dijo
Alexander—. Ahora es cuando se complica todo.
Tomó un sorbo de bourbon y durante unos
segundos contempló el líquido ambarino, haciendo girar el vaso en su mano.
—Recordarás que, hace siete años, durante la
Crisis del ochenta y ocho, el gobierno me llamó para trabajar con ellos de
nuevo —continuó el profesor—. Cuando uno se retira, siempre está en la reserva
por si le necesitan. En concreto, mi experiencia en experimentos con
platelmintos les interesaba en ese momento con carácter de urgencia. Lamento no
poder ser más concreto al respecto, pero ese tema sigue siendo confidencial y
no quiero que te veas en un problema por saber detalles que permanecen clasificados.
De cualquier modo, lo que nos ocupa ahora es tu padre. Pues bien, resulta que
él había llegado más lejos que nadie en este país investigando el ciclo vital
de más de cien variedades de platelmintos. Era justo lo que necesitaba el
gobierno. El problema era que Desmond seguía en paradero desconocido y sobre él
pesaba una orden de busca y captura. Aunque antigua, no había sido archivada
aún. La huida de tu padre no había hecho sino dar consistencia a las
acusaciones que recaían sobre él. Pero yo sí sabía cómo encontrarlo. Era eso lo
que me había susurrado antes de marchar aquella noche, el lugar al que se
dirigía. Una cabaña en Canadá que había adquirido con otro nombre y en la que
pensaba pasar unas vacaciones con tu madre y tú que siempre estaba aplazando
por motivos de trabajo. Fue cuestión de una breve entrevista con un cargo del
F.B.I. y, tras un par de llamadas, se me aseguró que si conseguía que Desmond
volviera para colaborar con los federales en la resolución de la Crisis, se
borrarían todos los cargos que pesaban sobre él.
»Tu padre acudió a la llamada del deber y
desempeñó un papel destacado en la resolución de nuestra parte del conflicto.
Por supuesto, hubo varios frentes abiertos aquel invierno del ochenta y ocho,
pero nosotros hicimos bien nuestra parte. Siento no poder revelarte más al
respecto.
»Cuando le dije a Maude que tu padre había
vuelto, ya puedes imaginar la conmoción que supuso. Nos debatíamos entre
contártelo o no, porque tu padre estaba confinado en las instalaciones
militares hasta que se resolviese la emergencia nacional y hasta su fin no iba
a poder verte de todos modos. Además, para serte sincero, nadie tenía ni idea
de cómo acabaría todo. Los atentados masivos en distintos puntos del planeta,
la alarma nuclear, la continua amenaza de los rusos, asiáticos, iraníes, islamistas
radicales… Decidimos esperar a que todo se resolviere para bien o para mal.
Pero no contábamos con la perfidia de los llamados «patriotas verdaderos». Al
final, el gobierno faltó a su promesa y se llevaron a tu padre sin dar explicaciones,
al final del conflicto. Sobre el porqué, solo puedo hablar de conjeturas. Se
trataba de un ataque terrorista coordinado a gran escala. Nunca antes los
enemigos de América se habían unido con un fin común: hundir la hegemonía
occidental de una vez por todas. Era mucho esperar que el tío Sam fuera a
perdonar a un presunto colaborador de espías orientales. Ahora ya no había
razón para contarte la historia porque eso solo te hubiera causado un dolor
innecesario. Tal vez cuando te hicieras mayor y el tiempo hubiera cerrado las
heridas de Maude y las mías. A partir de ese momento, la salud de Maude empezó
a decaer. Ya fuera por la angustia de haberte ocultado la verdad durante tanto
tiempo, sobre todo con el retorno de tu padre y su posterior captura, o por la
Crisis que había sacudido nuestra sociedad hasta sus cimientos, ella enfermó.
El resto ya lo sabes, no hace falta recordarlo ahora.
—¿Por
qué me lo cuentas ahora? Tengo treinta y dos años, hace siete desde la Crisis,
seis desde que murió mamá… Sí, para mí siempre será mi madre, no importa nada
más. Podías habérmelo dicho hace años, ¿por qué esperar tanto?
Alexander
miró fijamente a su hija a los ojos. En ellos brillaba la luz de la inteligencia.
Pero hoy no le diría nada de la enfermedad que le corroía por dentro. Eran ya
demasiadas novedades para un solo día, sin embargo…
—Porque recientemente he sabido del paradero
de Edmond. Hace un mes aproximadamente, recibí la visita de Wesley Johnson, un
antiguo colega de la universidad. También colaboró con Edmond y conmigo durante
la Crisis del ochenta y ocho. Me contó que había ido a la residencia de
ancianos Verdes Praderas con motivo de visitar a un interno que había sido su
vecino durante años. Ya ves que nos hacemos viejos y no todos lo llevamos igual
de bien.
El profesor esbozó
una sonrisa con aire de coquetería afectada. Stephany correspondió con un gesto
de complicidad.
—Wesley me
aseguró que vio a tu padre sentado en una silla del jardín —continuó—,
acompañado de dos internos más. Supo que era él porque habíamos trabajado
juntos hacía solo unos años durante la Crisis en Cabo Cañaveral y tu padre seguía
teniendo el mismo aspecto que entonces. Lo preocupante es que cuando intentó
entablar conversación con él, Edmond no fue capaz ni siquiera de hacer contacto
visual con él. Parecía estar en estado catatónico. De hecho, le habían colocado
una sujeción en la cintura para mantenerlo sentado en la silla sin que se pudiera
caer o echara a andar por su cuenta. Cuando fue a preguntar a la recepcionista
sobre Edmond, le contestó que debía tratarse de un error, porque aquel interno
no se llamaba así. Según la empleada, aquel hombre era un tal John Exposito y
llevaba allí unos siete años durante los cuales no se le conocían familiares
que quisieran venir a visitarlo. No consiguió que le revelara más detalles, tampoco
quiso llamar la atención insistiendo demasiado y vino a contármelo
inmediatamente. Por supuesto, él no estaba enterado de tu verdadera historia.
Pocas personas lo han sabido nunca, por cierto. Aunque no me enorgullezca de
ello, reconozco que usé mis contactos para falsificar tu partida de nacimiento
al poco tiempo de que tu padre se fuera y de ese modo poderte criar como
nuestra legítima hija. Un proceso de adopción puede ser muy tortuoso y lleno de
incertidumbre y burocracia. No estoy orgulloso de ello, pero desde luego no me
arrepiento de haberlo hecho porque te tengo a ti. De otro modo, nadie sabe qué
hubiera podido ocurrir.
»No irás a odiarme por habértelo ocultado
todo este tiempo, ¿verdad?
—No podría odiarte ni aunque hubieras
asesinado a Kennedy, papá.
Y se abrazaron largamente. Alexander sintió
la liberación catártica que había ansiado durante tanto tiempo.
—Gracias por todo, papá —añadió Stephany,
enjugándose las lágrimas—. Os quiero a mamá y a ti por todos estos años que me
habéis dado.
—Ahora, ¿qué? —preguntó el padre adoptivo,
con los ojos húmedos, tomando a su hija por los hombros para poder mirarla
mejor a la cara.
—Ahora voy a descubrir lo que le pasó
realmente a mi padre —dijo ella, y añadió para sí: y también sé quién me va a ayudar.

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