Prólogo
Nadie entraba ni salía del complejo sin su permiso. Lo
que estaba ocurriendo entre las paredes infranqueables de aquel búnker
faraónico no debía trascender bajo ningún concepto a la opinión pública. Ni a
sus superiores.
El proyecto era
ambicioso, pero la recompensa era grande. No importaban los daños colaterales
que se pudieran ocasionar en el proceso. Jamás se supo de ninguna tortilla
cocinada sin romper antes los huevos.
Y esta tortilla
en cuestión podría ser la mayor arma jamás creada por la humanidad.
Ejércitos que
marchaban incansables con un único objetivo en su programación: la aniquilación
total del enemigo. Y lo mejor de todo era la posibilidad de ir aumentando la
magnitud de las tropas de forma exponencial conforme mermaban las fuerzas
opositoras. Utilizar los propios recursos humanos y materiales del enemigo en
contra suya. Esa era la clave para alcanzar la dominación total del globo, algo
nunca antes conseguido por ninguno de los mayores genios militares a lo largo
de la historia.
Sumido en sus
sueños de gloria, continuaba supervisando los experimentos bajo la mirada fría
de su único ojo. El plazo era limitado, antes de que el gobierno cerrara el
grifo económico que le permitía seguir adelante con las investigaciones. A
decir verdad, no existía el proyecto como tal. Era él mismo, de forma
clandestina, el que había formado el grupo de forma apresurada. Para ello,
había estado desviando en secreto fondos procedentes del presupuesto del
ministerio de Defensa. Se trataba de un paquete de medidas de emergencia
aprobado por el parlamento en una sesión extraordinaria, con el fin de atajar
la Crisis que había estallado. El carácter urgente de la coyuntura permitía
saltarse algunos engorrosos pasos burocráticos, como el de elaborar un presupuesto
detallado y justificar los gastos con las correspondientes facturas. Era la
situación perfecta para emprender un proyecto tan ambicioso como este, pues de
otra forma los formulismos legales habrían retrasado los experimentos de manera
exasperante. Y también cabía la posibilidad de que, después de tanto esfuerzo,
los que mandan hubieran decidido darle la dirección de su proyecto a algún
haragán con graduación superior a la suya o con un mejor currículum como
científico. Al fin y al cabo, él solamente era doctor en medicina. Con el
agravante de que había desarrollado la totalidad de su carrera profesional en
el ejército de los Estados Unidos, con lo que su área de conocimientos y
habilidades estaba muy limitada. Pese a todo, se veía a sí mismo como una
especie de moderno Alejandro. Un líder que unificaría todas las naciones del
orbe en una sola, en la que no tendrían cabida aberraciones como el comunismo,
el islam o incluso el rap. ¡Dios, cómo detestaba el rap!
El único problema
de no contar con el apoyo del gobierno en un proyecto oficial era la falta de
financiación. El dinero se acabaría pronto y para obtener los resultados
deseados haría falta mucho más, como le había asegurado el biólogo al que había
puesto al frente de la parte técnica de la investigación. Pero aquel tipo
también podría equivocarse. Esos científicos, acostumbrados a que se les
concediesen todos sus caprichos con solo abrir la boca y pedir, pedir, pedir.
La falta de una equipación sofisticada se podía suplir con mayores dosis de
inspiración, sin duda. No en vano, muchos de los grandes descubrimientos de la
humanidad habían venido de forma fortuita, como consecuencia de errores o meras
coincidencias. E imaginación era, precisamente, algo de lo que él disponía en
cantidades inagotables.
—Teniente
Walters —dijo, con su voz desprovista de inflexiones—, informe.
Su interlocutor,
con el uniforme impoluto, se cuadró y se llevó los dedos a la sien en un rápido
saludo militar antes de responder.
—Los investigadores
siguen con el programa, señor. No ha habido avances significativos en las
últimas horas, señor.
Ciertamente, no
esperaba una respuesta diferente. Se volvió hacia la cristalera que ocupaba
toda una pared del habitáculo rotulado escuetamente como «LAB 13» y observó las
evoluciones de los sujetos en su interior.
Fijados a la
pared mediante grilletes que se ajustaban a sus cuellos, cuatro individuos en
raídos uniformes militares se esforzaban por alcanzar, con las manos
extendidas, a sus atormentadores. Dos individuos embozados en sendas batas
blancas y máscara de seguridad para prevenir salpicaduras les hostigaban con
rejones eléctricos. Unos electrodos colocados en los cráneos afeitados de los
soldados registraban la actividad cerebral mientras que una tercera figura
situada a distancia prudencial registraba los datos en una libreta.
Las siguientes
celdas mostraban escenas parecidas, con más de aquellos seres sin mente atados
a mesas de disección. Más figuras con batas les aplicaban los más aterradores
instrumentos quirúrgicos sin haber empleado previamente anestésico alguno, a
juzgar por los espasmos de los sujetos de estudio. En otra celda, otra criatura
atada a una silla era sometida a golpes de creciente intensidad en el cráneo.
El martillo de su agresor tenía conectados unos sensores que transmitían la
potencia de los impactos a un ordenador programado para determinar el umbral en
el que los sujetos caían incapacitados.
La visita a la
galería de los horrores que él había contribuido a diseñar llegaba a su fin,
mas ninguna de las líneas de investigación en curso parecía proporcionarles una
pista sobre la forma de controlar a las criaturas sin mente. El tiempo se
acababa y sabía que había llegado el momento de desmantelar las instalaciones
sin dejar rastro antes de ser descubierto por mentes más estrechas que las
suya. Antes, tomaría medidas para asegurarse la posibilidad de continuar el
proyecto algún día con más y mejores recursos a su alcance.
Algún día.

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