sábado, 18 de mayo de 2013

Para todos los exploradores de mundos desconocidos.

En este blog tienen cabida todos los pobladores de mundos fantásticos, inexplorados o no, que deseen una parada para contemplar otros horizontes. Sin más, aquí dejo el prólogo de mi primera novela, "Un tiempo imperfecto".
Prólogo
Nadie entraba ni salía del complejo sin su permiso. Lo que estaba ocurriendo entre las paredes infranqueables de aquel búnker faraónico no debía trascender bajo ningún concepto a la opinión pública. Ni a sus superiores.
   El proyecto era ambicioso, pero la recompensa era grande. No importaban los daños colaterales que se pudieran ocasionar en el proceso. Jamás se supo de ninguna tortilla cocinada sin romper antes los huevos.
   Y esta tortilla en cuestión podría ser la mayor arma jamás creada por la humanidad.
   Ejércitos que marchaban incansables con un único objetivo en su programación: la aniquilación total del enemigo. Y lo mejor de todo era la posibilidad de ir aumentando la magnitud de las tropas de forma exponencial conforme mermaban las fuerzas opositoras. Utilizar los propios recursos humanos y materiales del enemigo en contra suya. Esa era la clave para alcanzar la dominación total del globo, algo nunca antes conseguido por ninguno de los mayores genios militares a lo largo de la historia.
   Sumido en sus sueños de gloria, continuaba supervisando los experimentos bajo la mirada fría de su único ojo. El plazo era limitado, antes de que el gobierno cerrara el grifo económico que le permitía seguir adelante con las investigaciones. A decir verdad, no existía el proyecto como tal. Era él mismo, de forma clandestina, el que había formado el grupo de forma apresurada. Para ello, había estado desviando en secreto fondos procedentes del presupuesto del ministerio de Defensa. Se trataba de un paquete de medidas de emergencia aprobado por el parlamento en una sesión extraordinaria, con el fin de atajar la Crisis que había estallado. El carácter urgente de la coyuntura permitía saltarse algunos engorrosos pasos burocráticos, como el de elaborar un presupuesto detallado y justificar los gastos con las correspondientes facturas. Era la situación perfecta para emprender un proyecto tan ambicioso como este, pues de otra forma los formulismos legales habrían retrasado los experimentos de manera exasperante. Y también cabía la posibilidad de que, después de tanto esfuerzo, los que mandan hubieran decidido darle la dirección de su proyecto a algún haragán con graduación superior a la suya o con un mejor currículum como científico. Al fin y al cabo, él solamente era doctor en medicina. Con el agravante de que había desarrollado la totalidad de su carrera profesional en el ejército de los Estados Unidos, con lo que su área de conocimientos y habilidades estaba muy limitada. Pese a todo, se veía a sí mismo como una especie de moderno Alejandro. Un líder que unificaría todas las naciones del orbe en una sola, en la que no tendrían cabida aberraciones como el comunismo, el islam o incluso el rap. ¡Dios, cómo detestaba el rap!
   El único problema de no contar con el apoyo del gobierno en un proyecto oficial era la falta de financiación. El dinero se acabaría pronto y para obtener los resultados deseados haría falta mucho más, como le había asegurado el biólogo al que había puesto al frente de la parte técnica de la investigación. Pero aquel tipo también podría equivocarse. Esos científicos, acostumbrados a que se les concediesen todos sus caprichos con solo abrir la boca y pedir, pedir, pedir. La falta de una equipación sofisticada se podía suplir con mayores dosis de inspiración, sin duda. No en vano, muchos de los grandes descubrimientos de la humanidad habían venido de forma fortuita, como consecuencia de errores o meras coincidencias. E imaginación era, precisamente, algo de lo que él disponía en cantidades inagotables.
   —Teniente Walters —dijo, con su voz desprovista de inflexiones—, informe.
   Su interlocutor, con el uniforme impoluto, se cuadró y se llevó los dedos a la sien en un rápido saludo militar antes de responder.
   —Los investigadores siguen con el programa, señor. No ha habido avances significativos en las últimas horas, señor.
   Ciertamente, no esperaba una respuesta diferente. Se volvió hacia la cristalera que ocupaba toda una pared del habitáculo rotulado escuetamente como «LAB 13» y observó las evoluciones de los sujetos en su interior.
   Fijados a la pared mediante grilletes que se ajustaban a sus cuellos, cuatro individuos en raídos uniformes militares se esforzaban por alcanzar, con las manos extendidas, a sus atormentadores. Dos individuos embozados en sendas batas blancas y máscara de seguridad para prevenir salpicaduras les hostigaban con rejones eléctricos. Unos electrodos colocados en los cráneos afeitados de los soldados registraban la actividad cerebral mientras que una tercera figura situada a distancia prudencial registraba los datos en una libreta.
   Las siguientes celdas mostraban escenas parecidas, con más de aquellos seres sin mente atados a mesas de disección. Más figuras con batas les aplicaban los más aterradores instrumentos quirúrgicos sin haber empleado previamente anestésico alguno, a juzgar por los espasmos de los sujetos de estudio. En otra celda, otra criatura atada a una silla era sometida a golpes de creciente intensidad en el cráneo. El martillo de su agresor tenía conectados unos sensores que transmitían la potencia de los impactos a un ordenador programado para determinar el umbral en el que los sujetos caían incapacitados.
   La visita a la galería de los horrores que él había contribuido a diseñar llegaba a su fin, mas ninguna de las líneas de investigación en curso parecía proporcionarles una pista sobre la forma de controlar a las criaturas sin mente. El tiempo se acababa y sabía que había llegado el momento de desmantelar las instalaciones sin dejar rastro antes de ser descubierto por mentes más estrechas que las suya. Antes, tomaría medidas para asegurarse la posibilidad de continuar el proyecto algún día con más y mejores recursos a su alcance.
   Algún día.

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